Todos lo hacemos de alguna forma: nos decimos que vamos a hacer algo, y luego no seguimos el plan.
Quizás uno o varios de estos ejemplos te resulten familiares:
- Dices que vas a seguir una dieta, pero la rompes a las pocas horas y luego la abandonas casi por completo.
- Dices que vas a trabajar duro en ciertos proyectos y a dejar de procrastinar, pero te distraes y el plan desaparece.
- Dices que vas a meditar (o hacer yoga, leer, escribir, etc.) cada mañana, pero un día estás cansado o con prisa y lo saltas. Al día siguiente vuelve a pasar.
- Dices que vas a ponerte al día con tus correos, leer más o finalmente ordenar el desorden… y el plan ni siquiera despega.
- Dices que vas a entrenar cuatro veces por semana y funciona exactamente una vez, luego simplemente no vuelves al gimnasio.
Entonces ¿qué está pasando? ¿Somos horribles personas sin disciplina? ¿Somos mentirosos? ¿Casos perdidos destinados a una vida en el sofá comiendo donuts y patatas fritas, viendo Netflix y despreciándonos?
Encuentro este tema fascinante, y lo he estudiado en mí mismo y en miles de personas con las que he trabajado. Esto es lo que he descubierto.
Las razones por las que no mantenemos nuestros planes
Una cosa que he aprendido es que rara vez hay una sola razón. A veces son varias a la vez, o razones diferentes según la situación o la persona.
Aquí están algunas de las razones más comunes:
No lo tomamos en serio. Este es mi problema número uno. Me digo que voy a seguir un nuevo plan, pero creo que decirlo es suficiente. Asumo que “se dará solo”, aunque toda la evidencia dice que solo mantengo mis hábitos cuando los tomo muy en serio y hago un esfuerzo real. La mayoría de las veces nos comprometemos a medias, como en una relación a la que no entregamos el corazón; con ese tipo de compromiso, acabas fuera tarde o temprano.
Simplemente lo olvidamos. Decimos que meditaremos cada mañana, con total determinación. Pero llega la mañana y lo olvidamos. Luego lo recordamos, pero estamos ocupados. Al día siguiente lo olvidamos otra vez. Cuando finalmente lo recordamos, nos sentimos decepcionados y renunciamos.
Huir del malestar o la incertidumbre. Cuando el hábito del ejercicio (o la meditación) se vuelve incómodo, dejamos de disfrutarlo y buscamos excusas. Cuando enfrentamos una tarea difícil —escribir, proyectos grandes— hay incertidumbre, y empezamos a buscar razones para posponerlo. No nos gusta el malestar, así que intentamos escapar.
Cedemos a la tentación por hábito. La tentación está en todas partes: chocolate cuando dijimos que haríamos dieta, televisión cuando dijimos que iríamos a dormir antes, el móvil cuando dijimos que íbamos a meditar. La tentación es solo un poco de incomodidad, pero nuestro hábito es ceder. Rationalizamos y dejamos que la tentación dirija.
Racionalizamos. Cuando algo es difícil o surge una tentación, nuestra mente empieza a justificar por qué está bien romper el plan: “Solo uno más no hará daño”, “te lo mereces”, “esto no cuenta, empiezo mañana”, “es una ocasión especial”. Suena lógico, pero sabotea todo.
Renegociamos. Decimos que haremos algo, pero cuando llega el momento sentimos malestar, tentación o incertidumbre, y decimos: “Lo hago, pero en 5 minutos, después de revisar mis mensajes”. O: “Estoy muy cansado, lo haré mañana”. Es una respuesta habitual para evitar lo que no queremos hacer. Como dice mi amigo Tynan: una de las cosas más dañinas es el hábito de renegociar con uno mismo.
No nos gusta la experiencia y la evitamos. Parece natural: si no me gustan las verduras, las evito. Si no quiero enfrentar una tarea incómoda, la pospongo. Pero toda tarea, todo proyecto, tiene momentos desagradables. Si evitamos todo lo incómodo, no mantendremos ningún hábito. Tenemos que reconocer que este rechazo nos perjudica.
Olvidamos por qué es importante. Quizás empezaste con motivación, pero una semana después ya no recuerdas el “por qué”. Solo piensas en lo incómodo que es. Si olvidamos por qué algo importa, no tenemos motivo para resistir el malestar.
Nos castigamos o nos rendimos por decepción. Cuando fallamos —no cumplimos expectativas, cometemos un error— en realidad no es tan grave. Basta con aprender y seguir. Pero solemos castigarnos, sentirnos fracasados. Eso no ayuda y puede sabotear todo.
Hay demasiadas barreras. La razón más simple. Queremos comer sano, pero a la mañana estamos cansados, hambrientos, con prisa… y cocinar algo saludable implica tiempo y esfuerzo, mientras que un bagel toma 2 minutos. Lo mismo con ir al gimnasio, limpiar, preparar la meditación. Si algo requiere más de 5 minutos de preparación, es una barrera enorme cuando estamos estresados o cansados.
Bien, esas son las razones. Muchas te resultarán conocidas, pero vale la pena recordarlas. ¿Por qué permitimos que estos obstáculos nos frenen una y otra vez? ¿No hay soluciones?
Sí —y no son difíciles si elegimos aplicarlas conscientemente y nos recordamos hacerlo. Veamos.
Supera estos obstáculos y mejora tu constancia
Tómatelo muy en serio. ¿Es lo suficientemente importante como para comprometerte? ¿Estás dispuesto a atravesar el malestar cuando las cosas se pongan difíciles? Detente a pensarlo, y luego dale el esfuerzo que merece. Escríbelo. Haz un plan. Comprométete ante alguien. Pon recordatorios. Elige una hora fija. Prepara el espacio. No lo tomes a la ligera.
Asegúrate de no olvidarlo. ¿Cómo lo recordarás cuando llegue el momento? Pon recordatorios visibles: en el móvil, el ordenador, notas físicas. Si es importante, es importante recordarlo.
Entrénate a entrar en el malestar y la incertidumbre. Reentrena tu mente para ver el malestar como una señal de práctica, una oportunidad de mejorar, no algo de lo que huir. No te hará daño. Úsalo para crecer.
Ve la tentación como una señal para practicar. Cada tentación es una oportunidad para no ceder. Di “no” y observa la sensación. Encuentra orgullo en ello.
Pon límites para detectar tus racionalizaciones. Los límites revelan cuando intentas engañarte. “Solo comeré entre las 11 y las 18”. Entonces, si quieres comer a las 21, sabes que es racionalización. Los límites lo hacen visible.
No renegocies en el momento. Decide antes. Escribe tu plan el día anterior. Y dite: “No puedo renegociar durante una semana (o un mes)”. Eso elimina la vía de escape.
Ábrete a las cosas que no te gustan. Usa lo desagradable como práctica: ¿qué puedo apreciar ahora mismo? ¿Qué puedo aprender? Velo como un regalo para entrenar tu mente.
Reconecta con por qué es importante. Cada día, antes de empezar, pregúntate: ¿por qué hago esto? ¿Vale la pena? Reconecta tu acción con tu propósito.
Practica la autocompasión. Cuando falles, sé amable contigo. Desea para ti paz, facilidad, felicidad. No lo uses como prueba de que eres un fracaso. Es una oportunidad de amarte. Aprende, y sigue.
Elimina tantas barreras como sea posible. Prepárate para que empezar sea fácil. Prepara comida por adelantado, ropa lista, elimina distracciones. Encuentra tus barreras y elimínalas. Sin excusas.
Creo que si implementas estos pasos, mejorarás enormemente tu constancia. ¿Qué quieres mantener este mes? ¿Y cada mes del próximo año? Averigua por qué te importa —y si vale la pena atravesar el malestar. Comprométete con todo tu ser. Lo mereces.