Imagina que eres un adulto razonablemente sano, que tus necesidades básicas están cubiertas, que hay personas en tu vida que se preocupan por ti y que tienes la oportunidad de hacer cosas que disfrutas. Deberías ser bastante feliz, ¿verdad?
Pero resulta que incluso en un escenario tan afortunado, la mayoría de nosotros seguimos luchando: con el estrés, la ansiedad, la frustración, el agobio, la sensación de fallarnos a nosotros mismos o a los demás, la decepción, las heridas emocionales, la ira, la sensación de estar siempre atrasados… todo esto crea una inquietud que no encaja con lo bien que, en teoría, debería estar todo.
Entonces, ¿cómo podemos disfrutar de la vida, encontrar calma, una sensación de quietud y un propósito claro?
He descubierto que la práctica del mindfulness es la clave. No es una solución mágica, pero alivia el sufrimiento que experimentamos en nuestras vidas.
Quienes ya han meditado durante un tiempo saben de lo que hablo. Veamos algunas formas de profundizar en la práctica, si tienes curiosidad.
Paso 1: Sumérgete en la experiencia directa del momento presente
La mayoría de nosotros estamos atrapados casi todo el tiempo en nuestros pensamientos: sobre nuestra vida, sobre nosotros mismos, sobre otras personas y sobre el mundo que nos rodea. Estamos atrapados en una historia dentro de nuestra mente sobre lo que sucede, y eso es lo que causa gran parte de nuestro sufrimiento: frustración, decepción, estrés, ansiedad, agobio e infelicidad.
La práctica aquí consiste en sumergirse en la experiencia directa del momento presente. No en los pensamientos sobre el momento (aunque seguirán apareciendo), sino en las sensaciones reales que están ocurriendo justo ahora.
Puedes notar las sensaciones en diferentes partes del cuerpo: cómo se siente la respiración, el torso, la cabeza, los brazos y las piernas. Puedes sentir el aire en la piel, el suelo bajo los pies, los sonidos, la luz, los colores o las formas.
Cada vez que notes que te pierdes en pensamientos, ideas, historias o fantasías, vuelve a la experiencia directa del momento. Vive todo con una mente de principiante, como si fuera la primera vez que lo experimentas.
Es una práctica en la que puedes mejorar volviendo una y otra vez a la experiencia directa. Pasas de los conceptos y pensamientos a la vivencia pura. Solo observa, solo nota, solo siente curiosidad.
Si te sientes estresado o frustrado, prueba esto y observa si algo cambia. Nota si te pierdes menos en los pensamientos y estás más presente.
Practícalo al menos durante un mes (aunque en realidad es una práctica de toda la vida).
Paso 2: Cultiva una sensación de amabilidad hacia la experiencia
Después de practicar cómo sumergirte en la experiencia directa, puedes intentar relacionarte con ella de una nueva manera.
En lugar de simplemente observar de manera neutral, intenta añadir una sensación de calidez, amabilidad, ternura, cariño —incluso amor— hacia esa experiencia directa.
Por ejemplo, si ves a alguien en la calle, puedes simplemente notar que hay una persona allí… o puedes sentir amabilidad hacia ella. Como si dieras la bienvenida a alguien querido a tu hogar.
De la misma manera, puedes encontrarte con cualquier cosa que experimentes con amabilidad y calidez. Puedes sentir el viento en tu piel y agradecer esa sensación. Lo mismo con lo que escuchas, ves, hueles o tocas. Lo mismo con la naturaleza a tu alrededor o con las sensaciones dentro de tu cuerpo.
Esto es una extensión de la práctica de la experiencia directa, pero ahora se trata de cómo te relacionas con ella: con una amabilidad incondicional hacia todo lo que percibes.
Practica esto también durante al menos un mes.
Paso 3: Suelta la sensación de un yo separado y la motivación del ganar y perder
Cuando practicas los dos pasos anteriores, comienzas a establecerte en una realidad más libre de conceptos y de historias: más abierta, menos rígida.
El siguiente paso es notar que, cuando estás en la experiencia directa, no hay un “yo” separado. Hay un cuerpo y una mente, sí, pero no están separados de todo lo demás. Todo está conectado; no puede distinguirse como algo independiente. Igual que una gota de agua en el océano no está separada, sino que forma parte del todo.
Puede sonar filosófico, pero es muy práctico: observa si tus acciones están impulsadas por el deseo de ganar algo o de evitar una pérdida. Tal vez quieras el elogio o la aprobación de alguien (ganar), o evitar su desaprobación (perder). Tal vez busques validación en redes sociales (ganar) o temas perderte algo (perder). Tal vez compres algo para sentirte mejor (ganar) o para calmar la ansiedad (perder).
Todas estas acciones son humanas —todos las hacemos—, pero surgen de la sensación de un yo separado que trata de ganar o evitar perder. Eso se convierte en nuestro mayor impulso: conseguir lo que queremos y evitar lo que no queremos. Y eso nos causa frustración, enojo, tristeza, ansiedad.
Vivir motivados por el ganar y perder es lo que crea nuestros conflictos internos. Y eso surge de la sensación de separación.
¿Cuál es la alternativa? Soltar la sensación de separación. Estar plenamente presente en la experiencia directa. Sentir amabilidad e incluso amor por todo y por todos a tu alrededor. Y actuar desde ese amor —desde un lugar de compasión y cuidado por los demás (y por ti mismo).
Pruébalo. Es una práctica maravillosa. Está plenamente presente en la experiencia, suelta la idea de estar separado del mundo. Empieza a notar lo profundamente conectado que estás: respiras el aire del mundo, comes su comida, bebes su agua, recibes su calor, su ropa, su protección y su amor. Estás completamente interconectado y en mutua dependencia.
Suelta la idea de un yo separado, y vuelve a la experiencia directa.
Luego observa tus acciones: ¿están impulsadas por el deseo de ganar o por el miedo a perder? Mira si puedes actuar, en cambio, desde el amor y la compasión por todos los seres vivos. Es un lugar increíblemente poderoso desde el cual vivir.