Creo en encontrar prácticas poderosas de transformación donde sea que podamos hallarlas. Los filósofos estoicos Epicteto, Marco Aurelio y Séneca son una gran fuente de inspiración para mí.
He descubierto que existe una gran conexión entre el estoicismo y el budismo zen, aunque también hay diferencias importantes. A continuación comparto algunas de las prácticas que ambos comparten, y que considero muy poderosas.
1. Lo que podemos controlar
Uno de los principios más importantes del estoicismo es centrarse en lo que puedes controlar y dejar ir lo que no puedes. La mayor parte de la vida está fuera de nuestro control: las opiniones y acciones de otras personas, el clima, los acontecimientos mundiales, los accidentes, las pérdidas. Muy a menudo dejamos que esas cosas afecten nuestra felicidad, incluso cuando no podemos hacer nada al respecto.
Piensa en cuántas veces te frustras o te estresas por algo que no puedes cambiar. ¿Y si declararas que eso no es asunto tuyo —que tu única tarea es hacer lo mejor posible en el momento presente?
El zen también se enfoca en hacer lo mejor desde la presencia y la compasión. Este enfoque me parece simple, poderoso y liberador.
2. Recordar la muerte
Los estoicos se recordaban a sí mismos con frecuencia que algún día morirían. Los budistas también lo hacen: una rama del budismo incluso medita en cementerios con ese propósito. Yo también practico esto en ocasiones.
La vida es corta y preciosa, y solemos darla por sentada. Necesitamos recordarlo a menudo, para aprovechar al máximo cada día y cada momento.
3. Amar lo que es
Los estoicos no usaban el término amor fati (eso fue de Nietzsche), pero Marco Aurelio y Epicteto enseñaban la misma idea: debemos abrazar lo que realmente sucede, en lugar de desear que las cosas sean diferentes.
Epicteto: “No busques que las cosas ocurran como deseas, sino desea que ocurran como ocurren, y todo irá bien.”
Esta también es una idea zen: aceptar la realidad tal como es, porque nuestro sufrimiento surge cuando queremos que sea diferente.
¿Qué pasaría si pudieras aprender a amar cada momento tal como es? Para hacerlo, debes encontrar la belleza en la vida mientras sucede. Empieza con los momentos sencillos (una mañana tranquila, una taza de té, ver el rostro de alguien que amas) y avanza gradualmente hacia los más difíciles (alguien negativo, una tarea complicada). Deja los más duros para más adelante (muerte, enfermedad, guerra).
4. Contemplar la desgracia
Séneca tenía una práctica llamada premeditatio malorum, o contemplar la adversidad con anticipación, visualizando todas las cosas malas que podrían suceder como una especie de entrenamiento mental.
Por ejemplo, si vas a hacer un viaje, podrías imaginar todo lo que podría salir mal —olvidas tu pasaporte, pierdes el equipaje, te enfermas, te pierdes. Visualiza todas esas situaciones, no como tragedias, sino como neutrales. No hay problema real. Quizás incluso disfrutes de la experiencia.
Y si alguna de esas cosas llega a ocurrir… ya estarás preparado. Nada podrá pasarte que sea peor de lo que ya has imaginado. Ya lo has vivido mentalmente.
De este modo, nos preparamos, como quien se sumerge en agua helada para acostumbrarse antes de nadar en el Atlántico.
La tradición zen se centra más en la meditación del momento presente… pero, de alguna forma, al meditar también enfrentamos todo lo que surge dentro de nosotros (aburrimiento, distracción, incomodidad, frustración, etc.). Así que, cuando esas mismas cosas inevitablemente vuelven a surgir más tarde, ya las hemos enfrentado antes.
5. Una perspectiva más elevada
Tengo una forma de visualizarlo que llamo una “vista de Dios” de la humanidad —como si viéramos a toda la humanidad desde arriba, y fuéramos del tamaño de hormigas.
Esta perspectiva más amplia me recuerda que:
Mis problemas son en realidad pequeños, aunque a veces parezcan grandes.
Todos estamos conectados, incluso cuando parece que estamos solos.
Esto hace mi vida más sencilla.
Los estoicos llamaban a esto the higher view. En el zen, practicamos recordarnos nuestra interconexión. Es la verdad de la realidad (a diferencia de la ilusión de separación) la que nos ayuda a sentirnos conectados y compasivos.
Estas prácticas me ayudan enormemente en mi vida. Son liberadoras y, al mismo tiempo, motivadoras. Y son una práctica de toda la vida —una que vale la pena cultivar.