Durante los últimos doce años he vivido una vida (relativamente) simple. A veces, la complejidad de mi vida aumenta, y entonces renuevo mi compromiso de vivir con sencillez.
Vivir una vida sencilla consiste en reducir lo innecesario, para tener espacio para respirar. Se trata de hacer menos, porque descubres que tener y hacer más no conduce a la felicidad. Se trata de encontrar alegría en las cosas simples, de estar en paz con la soledad, el silencio, la contemplación y el disfrute del momento presente.
He aprendido algunas lecciones importantes sobre cómo vivir con sencillez, y quiero compartirlas contigo.
Creamos nuestras propias dificultades. Todo el estrés, las frustraciones y las decepciones, toda la prisa y el exceso de actividad… todo eso lo creamos nosotros mismos en nuestra mente. Al soltarlo, podemos relajarnos y vivir de forma más simple.
Hazte consciente de los apegos que generan desorden y complejidad. Por ejemplo, si estás apegado a objetos sentimentales, no podrás liberarte del desorden. Si estás apegado a vivir de cierta manera, no podrás dejar ir muchas cosas. Si estás apegado a estar siempre ocupado y en contacto con todo el mundo, tu vida será compleja.
La distracción, la prisa y el cambio constante son hábitos mentales. No necesitamos estos hábitos, pero se desarrollan con el tiempo porque nos resultan cómodos. Podemos vivir de manera más simple dejando ir estos patrones mentales. ¿Cómo sería tu vida sin distracciones, sin cambiar constantemente de tarea, sin tanta prisa?
Haz una sola cosa a la vez: pon tu vida en modo pantalla completa. Imagina que todo lo que haces —trabajar, responder un correo, leer, lavar los platos— recibe toda tu atención, como si activaras el modo de pantalla completa. No haces nada más, no miras nada más. Estás completamente presente. ¿Cómo sería tu vida así? En mi experiencia, es mucho menos estresante: trabajas mejor, vives mejor y hasta disfrutas más.
Crea espacio entre las cosas. Intentamos llenar cada minuto, meter todo lo posible en nuestros días. Esto genera estrés, porque siempre subestimamos cuánto tiempo lleva hacer las cosas. Nunca sentimos que tenemos suficiente tiempo porque intentamos hacer demasiado. Imagina reducir a la mitad lo que planeas hacer. Imagina hacer una pausa entre tareas, para apreciar lo que acabas de terminar y comenzar lo siguiente con calma y plena atención.
Encuentra alegría en unas pocas cosas sencillas. Para mí, esas cosas son escribir, leer, aprender, caminar, meditar y pasar tiempo con las personas que amo. La mayoría de estas cosas no cuestan dinero ni requieren posesiones. No digo que no tenga nada, pero cuanto más recuerdo el placer de estas actividades simples, más fácil se vuelve la vida.
Aclara lo que realmente quieres y di no a más cosas. Rara vez sabemos con claridad lo que queremos. Cuando vemos algo nuevo —una foto, una idea, una actividad— queremos hacerlo también. Decimos que sí a todo, y nuestras vidas se llenan de ruido. Imagina saber exactamente lo que deseas. Podrías decir no a todo lo demás. Decir no a más cosas simplifica la vida.
Practica el arte de no hacer nada. ¿Cómo se hace eso? Simplemente siéntate y no hagas nada. Sin teléfono, sin plan, sin objetivo. Solo estar. No hagas nada. No busques lograr nada. Al principio es difícil, porque la mente siempre quiere estar ocupada. Pero esa es la práctica. Con el tiempo, aprendes a simplemente ser —sin quejas, sin huir, sin buscar distracciones.
Por supuesto, estas no son las únicas lecciones que necesitas para vivir con sencillez. Las mejores son las que descubres por ti mismo. Prueba, experimenta y observa qué sucede. Creo que descubrirás algo hermoso —tanto en el mundo como en tu interior.
La forma más pura de sencillez es aquella que revela la belleza, la alegría y la fragilidad de la vida tal como es.