Si eres alguien que tiende a caer en un colapso, un ataque de ira, una desconexión o una crisis de ansiedad, puede ser realmente difícil.
Una pequeña frustración o miedo puede convertirse en algo enorme y arruinarte el día entero.
Si esto te sucede, debes saber que no estás solo. Le ocurre a muchas personas, de distintas formas:
Te frustras con alguien y esa frustración se convierte en enojo, que puede durar todo el día y dejarte de mal humor.
Sientes miedo o dolor y te atrapas en una narrativa mental que te lleva a un ataque de ansiedad o a cerrarte emocionalmente, algo que puede tardar horas en pasar.
Te sientes mal por algo que hiciste o que no hiciste, y empiezas a castigarte, cayendo en un estado de desánimo y desesperanza.
¿Qué podemos hacer cuando esto pasa? Veamos qué está ocurriendo y algunas ideas para manejarlo.
Cómo entramos en modo desastre
La dificultad inicial que encontramos rara vez es una gran catástrofe; normalmente es solo una sensación de incertidumbre o miedo:
Frustración cuando alguien se comporta de una manera que no nos gusta.
Miedo o dolor cuando somos criticados.
Duda de uno mismo cuando no hacemos algo tan bien como nos gustaría (por ejemplo, cuando procrastinamos).
Esa primera sensación de miedo, incertidumbre o frustración no es realmente un problema — es solo una sensación. Un pequeño tirón en el corazón.
La verdadera dificultad no viene de ese primer tirón, sino de lo que sucede después:
Sentimos el tirón o la punzada en el corazón, y enseguida entramos en modo defensa, girando una de nuestras historias habituales.
La historia puede tratar sobre por qué la otra persona está equivocada, por qué tú tienes razón y lo grave que es todo esto.
Esto continúa creciendo hasta que estamos en pleno modo desastre: de una pequeña chispa a un incendio forestal.
Luego recurrimos a nuestros mecanismos habituales para sobrellevarlo — gritar, cerrar, escondernos, consolarnos con comida, redes sociales, drogas o lo que sea — o caemos en un estado depresivo.
Pero incluso esto no es tan grave. Es solo una tormenta pasajera. No necesitamos castigarnos cuando pasa — de hecho, lo que más necesitamos es más amor.
Cómo detenerlo antes de que ocurra el colapso
Si observamos el proceso anterior, el primer paso no es gran cosa. Es solo una pequeña punzada en el corazón, una chispa de incertidumbre o miedo.
El truco está en detectarlo temprano — si lo notamos cuando aún es solo una chispa y no se ha convertido en un incendio, es mucho más manejable.
Podemos simplemente darnos un poco de espacio para sentir el miedo, la incertidumbre o la frustración, sea cual sea la emoción. Respirar unas cuantas veces. Darnos compasión. Y luego soltar y seguir con el resto del día.
¿Cómo lo detectamos a tiempo? ¡Práctica! Notamos cuando ya hay un incendio completo, y luego reflexionamos sobre cuándo fue solo una chispa. ¿En qué momento podríamos haberlo visto antes? Podemos hacer esta reflexión sin juzgarnos — solo observando.
Con el tiempo, con esta práctica, podemos empezar a notar el momento cuando aún es solo una chispa. “Uf, eso dolió.” O “Eso fue frustrante.” Detectarlo en el instante, antes de echarle gasolina al fuego.
Cuando logramos detectarlo temprano, podemos hacer una pausa. Respirar unos momentos. Notar la sensación en el cuerpo. Estar presentes con esa sensación, sin dejarnos arrastrar por la historia que alimenta el fuego.
Cuando inevitablemente nos atrapamos en la historia (porque lo haremos), simplemente lo notamos. Observamos cuál es la historia, notamos que no ayuda (solo empeora las cosas) y tratamos de volver de la historia a la sensación corporal. Permitimos sentir esa emoción como una experiencia física.
Desde ahí, podemos ofrecernos compasión y amor. Cuidarnos mientras sentimos la incertidumbre, el miedo o la frustración.
Si lo detectamos lo suficientemente pronto, con práctica, podemos cuidar esa punzada en el corazón con compasión y serenidad.