Recientemente murieron algunos de nuestros seres queridos, y mi familia ha sido golpeada por la tristeza y la pérdida. Me he permitido sentirlo todo lo posible y dejar que ese dolor nos acerque más como familia.
No es la primera vez que la muerte toca a nuestros seres queridos en los últimos años: además de la muerte de mi padre y del padre de Eva, también han fallecido otros amigos y familiares cercanos. Puede golpearte con fuerza.
He empezado a ver la muerte de otra manera desde que estudio Zen. Y aunque no elimina el dolor, me ha resultado de ayuda:
La muerte no es el final.
No creo en una vida después de la muerte en el sentido religioso tradicional de cielo o infierno. Pero sí creo que lo que llamamos “muerte” es simplemente la continuación de un proceso en curso.
Pensemos en una manzana: se forma a partir del agua del entorno del manzano, del azúcar y de otros materiales que el árbol obtiene del suelo, del aire y de la luz del sol… así que, antes de que la manzana fuera una “manzana”, ya era el mundo que la rodeaba. El mundo se unió para crear la manzana — no apareció de la nada. La manzana crece, cambia constantemente, cae y vuelve a convertirse en tierra. Nunca hubo un verdadero comienzo ni un final en el proceso: simplemente continúa.
Todo funciona así: como parte de un proceso continuo, sin principio ni fin reales. Las personas también. De hecho, lo que pensamos que es una persona no es más que una parte del proceso continuo del mundo.
Y cuando una persona muere, no desaparece. Se convierte en la tierra. Crece en forma de manzanas, mangos, frutos del pan y búfalos de agua (lo que en Guam llamamos “carabao”).
Pero eso es solo el cuerpo. La personalidad tampoco desaparece: los recordamos, reímos con los chistes que contaban, volvemos a narrar sus historias y vivimos inspirados por ellos. Su legado se convierte en parte de nosotros, de nuestras familias. En parte de toda la humanidad, tal como ellos fueron la continuación de quienes los formaron.
Los seres queridos que murieron no se han ido. Están en todos nosotros, en sus hijos y nietos. En la cultura y la sociedad que ayudaron a moldear. En el trabajo que realizaron, en el ADN que transmitieron, en el espíritu que sembraron.
Mis seres queridos viven en mí, y los honro con cada acto.