La mayor parte del tiempo estamos atrapados en lo que puede llamarse la “pequeña mente”: el pequeño mundo del ego, del deseo de obtener lo que queremos y evitar lo que no queremos.
Esta es la causa de nuestro sufrimiento: siempre corriendo hacia distracciones, posponiendo, atrapados en preocupaciones y miedos, pensando en lo que los demás piensan de nosotros, en lo que nos falta o en lo que alguien nos hizo.
Es un mundo pequeño en el que quedamos atrapados, un mundo donde pensamos demasiado en nosotros mismos todo el tiempo. Y eso lleva al estrés, la ira, el dolor, la preocupación, el miedo, la ansiedad y la distracción.
El antídoto es la Mente Amplia: crecer más allá de la pequeña mente en la que hemos aprendido a quedarnos atrapados.
¿Qué es la Mente Amplia? Es abrirse a algo más grande que nuestra preocupación por nosotros mismos; abrirse a la frescura del momento.
Imaginemos a alguien cuyo familiar ha dicho algo hiriente. De inmediato se encierra en la pequeña mente, pensando que no merece ese trato, que es una buena persona y que el otro siempre es desconsiderado. Se preocupa por sí mismo, y su mundo se vuelve pequeño y estrecho.
Pero, ¿y si esta persona dejara de centrarse en sí misma y abriera su conciencia a algo más amplio? Experimentaría el momento como pura experiencia, y de pronto todo sería abierto y vasto. Se relajaría en esa apertura. Tal vez notaría que la otra persona, a quien ama, también está sufriendo. Le enviaría compasión, sentiría amor por esa persona y por ese momento.
Esa es la diferencia entre la pequeña mente, estrecha y llena de sufrimiento, y la mente amplia, abierta, fresca, ilimitada y llena de amor.
No tienes que creerme. Aquí tienes tres prácticas para pasar de la pequeña mente a la mente amplia.
Práctica 1: Meditación para soltar el ego
Un buen punto de partida es sentarse a meditar y abrir la conciencia, soltando las fronteras entre uno mismo y todo lo que le rodea.
La idea es practicar entrar en una conciencia relajada y abierta, y empezar a disolver los límites entre nosotros y lo que nos rodea. Soltamos la construcción que hemos creado y que llamamos “yo”, y lo que queda es solo sensación, pura experiencia.
Es un retorno a la totalidad. Una práctica maravillosa.
Práctica 2: No-saber radical
La mayoría del tiempo actuamos como si supiéramos exactamente cómo son las cosas. No prestamos mucha atención a este momento, porque parece aburrido notar la respiración, las sensaciones corporales o todo lo que nos rodea —pensamos que ya lo conocemos.
Pero en realidad, cada momento es completamente nuevo, completamente abierto, lleno de posibilidades por explorar.
Cuando estamos atrapados en la pequeña mente, vemos el mundo de una forma estrecha y rígida. Es una visión endurecida: “Sé lo que quiero y quiero conseguirlo.” “Sé lo que no me gusta y quiero evitarlo.” Es la visión del fundamentalismo.
La práctica del no-saber radical consiste en actuar como si nunca hubieras experimentado esto antes. Todo es completamente nuevo, sin preconceptos ni etiquetas.
Mira a tu alrededor como si nunca hubieras visto nada de esto. Es algo fresco, maravilloso, impresionante. No hay nombres para nada —solo experiencia pura.
Prueba caminar así durante unos minutos y observa cómo se siente. Mantente abierto y curioso.
Lo que ocurre es que nos volvemos mucho más receptivos a la amplitud de la experiencia. No hay “Quiero esto” ni “No quiero aquello”. Solo hay: “Esta es la experiencia que estoy teniendo ahora mismo.”
Esto es conciencia pura, ilimitada —y es vasta.
Práctica 3: Abrirse a la devoción hacia los demás
Cuando noto que he quedado atrapado en mi pequeña mente, trato de pensar en otras personas.
Esta persona es desconsiderada porque está sufriendo.
Las personas que amo son más importantes que mi incomodidad.
El amor que siento por mi familia es mucho más grande que mis pequeños deseos.
Abrirme al amor que tengo por los demás me saca de la pequeña mente y me lleva a la apertura. ¿Cómo sería estar completamente dedicado a otras personas? Es una experiencia nueva, ilimitada y vasta.