Renuncia a la comodidad

Hoy subí a un avión, y la mujer delante de mí llevaba una enorme almohada de viaje, una manta y algunos otros artículos diseñados para darle la máxima comodidad durante el vuelo.

Una amiga mía iba a hacer un viaje, y pasó un mes preocupándose por si tendría todo lo necesario para sentirse cómoda.

La mayoría de nosotros somos así: dedicamos mucho tiempo y energía a preocuparnos por nuestra comodidad, y también mucho dinero comprando (y cargando) cosas que nos aseguren un capullo de confort constante.

Esto es completamente comprensible, y lo digo sin juicio. Es nuestra reacción ante la inseguridad: al viajar, al hacer algo que no conocemos, al no saber cómo manejar una situación. Es la inseguridad de la vida cotidiana. Yo también lo hago: empiezo a investigar, a leer todo lo que puedo sobre la situación incierta. Luego paso al modo “compra”, adquiriendo lo que creo que me hará sentir más seguro. Después paso al modo “planificación”, intentando controlar la situación.

Así es como vivimos. Pasamos tiempo investigando, comprando, planificando, preocupándonos, tratando de asegurar nuestra comodidad.

Pero ¿y si pudiéramos dejar de preocuparnos por nuestra comodidad? ¿Y si pudiéramos entregarnos por completo a la inseguridad, y quedarnos ahí, sin necesidad de cambiarla?

Eso transformaría nuestras vidas. Nos transformaría.

Un experimento mental

Imagina hacer un viaje con solo lo esencial: un cambio de ropa, algunos artículos de aseo (cepillo de dientes, jabón, desodorante), tu pasaporte y el cargador de tu teléfono. Nada más. Ninguna comodidad adicional.

Sentirías la inseguridad de la situación. Aparecerían todos los “¿y si…?” y los “tal vez debería…”. Tu comodidad no estaría garantizada.

Pasas por el aeropuerto, sin más protección que tu pasaporte y la tarjeta de embarque digital en tu teléfono. Y resulta que esta situación incierta no es tan mala. Llegas a tu puerta de embarque, te sientas en una silla y lees un poco.

Sientes la inseguridad en tu cuerpo —y no pasa nada. Te quedas quieto un momento, permitiendo que tu cuerpo sienta plenamente las sensaciones de incertidumbre. Abres tu corazón a esa sensación de duda, de tensión. Te relajas en ella, y se convierte en una calma temblorosa. Sueltas el ego y te quedas en la pura experiencia del momento. Es hermoso.

Subes al avión sin almohada ni manta. Y está perfectamente bien. Te sientas, lees un poco más, y te das cuenta de que quieres buscar información sobre tu destino, planificar, organizarte. Pero te contienes. Resistes el impulso que nace de la inseguridad, y en lugar de eso eliges sentirlo, completamente, con el corazón abierto, sin apartarte de él. Descubres que estás bien. Todo está bien.

Llegas a tu destino, averiguas cómo tomar el tren y llegas sin problemas a tu alojamiento sencillo. Dejas tu pequeña bolsa y sales a caminar, sin plan. Sientes la inseguridad otra vez, pero ahora la reconoces y la recibes. Se convierte en una sensación de libertad, de apertura y curiosidad.

No tienes ninguna de tus comodidades habituales de casa, y descubres que no las necesitas. Ninguna incomodidad es tan terrible. Has vivido sin ellas antes. No hay vino por la noche ni café por la mañana —dos de tus placeres favoritos— y, aun así, nada se derrumba. Respiras, te relajas en la incertidumbre y te das cuenta de lo hermoso que es estar tranquilo cuando todo parece inestable.

Este viaje, con todas sus pequeñas incomodidades, te enseña que todos tus esfuerzos por construir una burbuja de comodidad y evitar la inseguridad han sido, en realidad, innecesarios.

La inseguridad cotidiana

De vuelta en casa, esta misma idea se aplica a la vida diaria. Imagina pasar el día sin todas las seguridades y comodidades a las que estás acostumbrado.

Solo llevas puesta la ropa del cuerpo, una libreta, un libro y algunos artículos básicos de aseo. Un poco de comida sencilla, algo de agua. Imagina que eso es todo lo que tienes por hoy.

Sales a caminar, quizás descalzo si te apetece. Haces algunas flexiones. Comes cuando tienes hambre, bebes cuando tienes sed, sin preocuparte por tener todos tus alimentos y bebidas preferidos. Lees, meditas, te sientas al sol, escribes en tu cuaderno.

Cuando surge la inseguridad —como en el viaje—, practicas quedarte con ella. No necesitas buscar información, planificar ni comprar nada. Ya tienes todo lo que necesitas. La inseguridad no es un problema: es el suelo sobre el que se asienta la vida.

Puedes intentar darte todas las comodidades del mundo, pero el malestar siempre llegará.

Puedes intentar eliminar todas las situaciones inciertas, pero seguirán apareciendo.

Puedes soltar la necesidad de comodidad, relajarte dentro de la incomodidad, y descubrir que, en realidad, no pasa nada. La incomodidad se convierte en una amiga. Igual que durante el viaje.

Eres libre.