Mientras escribo esto, estoy con una infección de garganta (¡estreptococo, genial!), en plena época de viajes, con problemas de sueño, grandes cambios en la vida y una carga de trabajo que sigue aumentando.
Como puedes imaginar, hay una manera de ver todo esto como algo estresante, molesto, difícil y sencillamente desagradable. Yo no lo veo así —pero es fácil caer en ese modo de pensar, y entonces todo se vuelve aún más estresante.
Cuando estamos estresados o cansados, también es fácil irritarse por cosas pequeñas: el perro que ladra, las obras fuera, la gente grosera o que llega tarde (otra vez), los problemas tecnológicos o la situación política. Sí, todo eso y mucho más puede ser muy molesto.
Pero estar constantemente irritados no nos hace bien. No solo nos hace menos felices: también nos hace menos amables con nuestros seres queridos, menos abiertos al mundo, menos dedicados a lo que nos importa y menos enfocados en el trabajo realmente importante que hacemos.
Podríamos pensar que debemos hacer que la gente cambie —que sean menos frustrantes, más puntuales, más considerados. Claro, ayudar a otros a mejorar es bueno, pero esperar que el mundo cambie para poder ser felices no es una buena estrategia.
Así que no esperemos a que el mundo cambie para ser felices.
En cambio, cambiemos nosotros. Aquí tienes una práctica sencilla —un mantra para afrontar cada pequeña molestia de este mundo.
Primero, una práctica simple
Cuando te irritas, es un pequeño dolor. A veces, un gran dolor. Es una herida a la que respondes con frustración, enfado o impaciencia.
El primer paso es reconocer ese dolor. Una meditación de bondad amorosa (por cursi que suene) es una excelente forma de sanar.
Existen versiones más largas de esta meditación, pero aquí tienes una versión simple:
Siéntate en silencio. Observa la irritación o el dolor. Nota cómo se siente y permanece un momento con esa sensación.
Con un sentimiento genuino de amabilidad y amor, dite a ti mismo: “Que mi dolor llegue a su fin. Que sea feliz.” Intenta desearlo de verdad.
Repítelo varias veces, hasta que se sienta auténtico. Si ayuda, repítelo unas cuantas veces más.
Si te cuesta desearte felicidad a ti mismo, empieza con alguien a quien amas —imagina a esa persona y repite: “Que su dolor llegue a su fin. Que sea feliz.” Siente esa calidez genuina, y luego envíala también hacia ti.
Esto puede llevar solo diez segundos, y te ayudará a sentir un poco menos de resistencia.
De dónde proviene nuestra irritación
Antes de entrar en el mantra, es importante entender por qué nos molestamos en primer lugar. Ya lo sé: es culpa de los demás, ¿verdad? Son groseros, impuntuales, desconsiderados, simplemente están equivocados.
Pero en realidad, la irritación surge de nuestra manera de interpretar el mundo. Y la mayoría de las veces, esa forma de ver las cosas no nos ayuda.
Por ejemplo: alguien siempre llega tarde. Ese hecho en sí no es un problema —el problema es cómo lo interpretamos:
“¡Llegar tarde es una falta de respeto! ¿Por qué no piensan en cómo me afecta? ¿Por qué no pueden esforzarse un poco más en ser puntuales, como hago yo?”
Pero esta forma de ver las cosas tiene una capa más profunda que se aplica a muchas otras situaciones:
“Cuando las personas —o el mundo— no son como quiero que sean, eso es molesto, frustrante, doloroso.”
Cuando la gente no actúa como queremos, lo sentimos como un sufrimiento y una frustración. Cuando el mundo no es como lo deseamos, lo sentimos frustrante.
Como puedes imaginar, esto no es útil. Nos hace menos felices, menos abiertos hacia los demás, daña nuestras relaciones y afecta nuestro trabajo en el mundo.
Así que necesitamos un nuevo filtro. Y lo creamos con un mantra.
Un mantra para cambiar el mundo
El filtro anterior —la forma en que vemos las cosas— no funciona. Necesitamos uno nuevo.
Un filtro de realidad que me ha resultado útil es este: “Celebro la maravillosa divinidad en cada persona y en cada cosa.”
Imagina que cada ser humano está lleno de una hermosa divinidad. Todo el mundo, cada ser, cada objeto está impregnado de esa misma energía divina.
¿Qué quiero decir con “divinidad”? Si eres religioso, ya tienes una comprensión de esa palabra. Pero incluso si no lo eres, aún puede tener un gran significado. Aunque seas ateo, puedes ver algo sagrado en los árboles, el viento, las personas que amas, las flores que caen al suelo, la luz que entra por tu ventana al amanecer. Hay algo divino en todo lo que nos rodea —si elegimos verlo.
Crea un mantra que te recuerde esto. Tal vez: “¡Todo está lleno de una divinidad maravillosa!”
Repite el mantra a lo largo del día. Grítalo si te apetece. Dilo con el entusiasmo que merece.
El mundo que nos rodea, y cada ser en él, está lleno de esta energía divina que podemos celebrar, amar y sentir en cada momento.
Incluso las personas groseras. Puede ser un reto ver la divinidad en ellas, pero puedes hacerlo. Mira el dolor detrás de su reacción, la vulnerabilidad detrás de su enojo, los años de dificultad que las han formado. Y ve la belleza de su humanidad, la dulzura de la conexión entre ambos.
La vida cambia cuando practicas este mantra. Las personas se convierten en seres increíbles, llenos de las maravillas del cosmos. Tu corazón se llena de alegría y gratitud. Y cada vez que te irritas, tienes una nueva oportunidad de ver qué regalo es compartir la vida con ellos.